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Crónica del ángel que escapó de la trampa del cazador

  • 30 jun 2014
  • 4 Min. de lectura

“En ningún momento me he sentido triste después de enterarme que no voy a volver a caminar (…) hay que aceptar la voluntad de Dios con mucha alegría, aceptar esa pequeñísima cruz que tengo”. (…)



Hoy se cumplen ya once años desde que el protagonista de esta crónica aprendió que caminante hace camino con la cruz y no sólo con las fuerzas de piernas y pies, que hay razones poderosas en la voluntad de Dios para privarnos de tanto bien, incluso de nuestras fuerzas físicas, a fin de convertirnos en un testimonio vivo de su Amor.

Edwin Santa Cruz Pérez, desde aquel funesto suceso que reconfiguró para siempre su existencia, se ha convertido en una lección de libro abierto para muchos, tanto como para su familia, amigos y todo aquel que necesite volver a la casa del Padre; y por qué no decirlo, aquí también podemos incluir a aquellos que dicen no creer en Dios. Quizás en su pensamiento juvenil de 1993, cuando ingresaba al Seminario “Santo Toribio de Mogrovejo”, nunca hubiera imaginado que Cristo Jesús lo había destinado a inmolar algo de sí a fin de demostrar de la manera más abnegada que estaba dispuesto a renunciar a todo con tal de abrazar la causa del Reino; ese Reino por el que tantos se esfuerzan por entrar y otros que aún no han descubierto que habita en su interior.


A menudo vemos a Padre Edwin celebrar la Santa Misa de las 18:00 horas en “Santa María Catedral”, una de las Eucaristías más concurridas; al momento de entrar en ese recogimiento con Dios, este magnánimo sacerdote da todo de sí, sabe ofrecer desde su más tierna sonrisa hasta lo más hondo de su dolor, y como resultado: almas interpeladas que buscan ese encontrarse cara a cara con Dios, la recuperación de la paz en sus vidas, y frente a esto que no se haga novedad hallar en redes sociales palabras incontables de gratitud para el Padre Incógnita. Definitivamente nunca habrá don más grande que el de la Eucaristía, Cristo que se ha querido quedar en un pedacito de pan, y precisamente Edwin es un gran afortunado al poder celebrarla y ofrecerse en ella, sin escatimar el hecho de tener una paraplejia. Sobre esto, decía él hace años en una entrevista: “Sigo siendo sacerdote porque me han consagrado para eso y tengo la esperanza de decir la Misa cuanto antes. Estoy esperando sentarme y adecuar los medios para decir la Santa Misa, y junto con mi dolor, elevar hacia el Señor la oración de acción de gracias por todo lo que me ha pasado”.

"Edwin Santa Cruz Pérez, desde aquel funesto suceso que reconfiguró para siempre su existencia, se ha convertido en una lección de libro abierto para muchos, tanto como para su familia, amigos y todo aquel que necesite volver a la casa del Padre".

¡Quién sino Dios, el ser por antonomasia para comprender la infinitud a la que puede llegar el sufrimiento del corazón humano! Sin su roca y fuerza es imposible ganar dominio sobre esa impotencia y lágrimas que ante nuestros semejantes se convierten en signos, para unos, de cobardía; y para otros, de proeza. El ángel de la silla de ruedas tiene una cruz de peso pesado, es cierto, pero es en el día a día que demuestra que un pedazo de plomo en las vértebras no sólo es dolor, sino por el contario, ha sabido darle un nuevo sentido: sacrificio que tarde o temprano ha de darle el boleto tan ansiado a la Morada Santa que nuestra alma inquieta busca alcanzar un día. En Edwin pues, a la luz de los ojos de los hijos de Dios nunca hemos de verlo triste, como alguna vez lo aseverara: “No me he sentido triste, en todo momento yo he estado contento, a pesar que me han frustrado”. (…) ¿Una frustración? Podríamos atrevernos a decir que la vida de Edwin tiene de todo un poco: música, buen sentido del humor, franqueza, algo de niño a veces, sufrimiento, labor empeño…pero ¿frustración? Esa palabra no encaja en el léxico de vida de este ángel, la superó por completo al ponerse en las manos del Refugio Seguro.


Atrás quedaron muchos proyectos, a lo mejor soñó, pensó tener su parroquia, sus grupos de catequistas y catequizandos; sin embargo, Dios ha querido escribir su historia con otro argumento, la tesis más incierta acaso, una narración en la que pudo perder la vida, en la que ha sentido que se la arrebataban, no obstante, el Señor dador de la vida no lo abandonó, sólo Él puede dar cuenta de que la trampa del cazador se rompiera y Edwin escapara. Lo ha dejado escapar porque la empresa a punto de confiarle desde un 30 de junio del año 2003 era más abnegada, y ser el misionero, el escogido, tenía un precio alto, un precio que humanamente no se equiparará nunca a la que le espera al lado de Dios un día, ese día en el que se enjugarán las lágrimas de nuestros ojos.


Desde hace once años sigue siendo el Padre Incógnita, el ángel que camina en una silla de ruedas, el alma espiritual de “Rosa María Checa” y ahora, de “Santo Toribio de Mogrovejo”.

Desde hace once años sigue siendo el Padre Incógnita, el ángel que camina en una silla de ruedas, el alma espiritual de “Rosa María Checa” y ahora, de “Santo Toribio de Mogrovejo”. Este humilde hombre de las huestes de Dios vive el Evangelio con alegría, en el servicio y entrega a sus hermanos; todos quienes alguna vez lo conocieron han regresado a la casa del Padre Dios, y esto sólo se puede entender como el fruto de la tarea que Cristo le ha conferido. Es sacerdote para siempre sí, pero también es Edwin, el de siempre, el que salió alguna vez de las entrañas de Langudén, sólo cambió momentáneamente una motocicleta por una silla de ruedas para hacer más efectiva su misión. Llegará el día en que hemos de verlo caminando como muchos lo conocieron y como un día muchos deseamos verlo; mientras eso, nuestras súplicas siguen elevadas al Altísimo y desde nuestra pequeñez también ofrecemos por él y agradecemos su presencia en nuestras vidas.




 
 
 

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